lunes, 19 de septiembre de 2022

ganar perdiendo

 "Creo que la gente más triste siempre intenta todo lo posible 

por hacer felices a los demás porque saben como es

sentirse totalmente infravalorado y no quieren

que nadie más se sienta así."

-Robin Williams



Los daños colaterales de ser quien eres. De volver a serlo o de convertirte al fin en esa persona. Así podría titular a este capítulo vital en el que estoy embarcada, y el cual desprende el sabor más agridulce que he probado hasta el momento. El prólogo hablaría de algo así como que ojalá te contasen que, en el proceso de sanar, vas a ganar muchas cosas para las cuales hay que ir soltando otras. Por supuesto gran parte de ellas son esos lastres que te hacían estar atado a la oscuridad, son también malos hábitos, el escozor de momentos pasados que ya son solo eso, recuerdos. Trozos de ti en los que ya no te reconoces. Palabras que ya no te identifican. Lo que duele va quedando atrás y finalmente se empieza a sentir como algo ajeno. Pero nadie habla de que en realidad, seguir adelante implica una doble pérdida. Hay partes en el avanzar que además de sumar, terminan restando como efecto secundario. Cada vez que aprendes a poner límites, es posible que quienes te conocían sin ellos dejen de estar tan cómodos a tu lado. Al fin y al cabo a todos nos gusta una persona complaciente y sumisa, ¿no?. Cada vez que alzas la voz para recordar que tienes una opinión, cuando dejas de aceptar lo que no te gusta, cuando actúas un poco más en tu propio beneficio que en la búsqueda del orden exterior. Todo por dentro parece colocarse un poco más, pero tu alrededor se desordena. De alguna manera cuanto más te conoces tu, menos te reconoce el resto. Tras tanto tiempo funcionando de la misma manera, es lógico que todo se revuelva un poco. 

El cambio es incómodo para todos, en realidad. Antes de notar los beneficios de empezar a imponerte como el centro de tu propia vida, hay que aferrarse mucho a la confianza ciega que parece no llegar entre tanto miedo, incertidumbre, angustia, a veces vergüenza e incluso rabia. Pero llega, y entonces comienza la segunda fase en la que el reto es no dar un paso atrás. (Porque con el primero siempre llega el segundo y todos los siguientes...) Es el punto clave en el que ya vas aceptando que se puede ser de otra manera, pero tu entorno probablemente sienta cierto rechazo o quizá deba tomar algo de distancia hasta aprender a enfrentar esta nueva versión. Mucha gente también se esfuerza por recibirlo con los brazos abiertos, pero incluso con voluntad de aceptación de por medio, hay una parte práctica por la que hay que pasar para aprender a tolerarlo. Cuando los planes se trastocan porque ya no quieres ceder por evitar discutir. Cuando las conversaciones no acaban con un "sí, es verdad" pienses lo que pienses. Siempre han existido contradicciones entre lo que pensamos y queremos que suceda, y lo que se siente en realidad más allá de la razón. Por eso la prueba real es mantenerse firme aún encontrándote de frente como la impresión de que desde fuera no hay una bienvenida.

Salir de la tristeza también implica dejar de ser ese salvavidas que se mueve desde la experiencia. Acabas por abandonar el deseo de que nadie sienta lo mismo que tu estás atravesando, porque están naciendo nuevas aspiraciones y debes dedicar más atención a tu interior. Es entonces cuando te planteas, ¿soy egoísta ahora que ya no intento hacer felices a los demás? Y aparece la temida culpabilidad, susurrándote cuando tienes la guardia bajada todas las posibilidades de rechazo que mantenerte firme en tus ideas también conlleva. ¿Soledad otra vez?. Entre la seguridad que construyes te deslumbran multitud de fogonazos que tratan de empujarte a volver a lo conocido. Una mierda que te ata de pies y manos pero que, al fin y al cabo, se siente más seguro. El eterno dilema entre ser como eres a pesar de la posibilidad de no ser aceptado, o agachar la cabeza y cerrar la boca para mendigar esa inclusión. 

Pero se abre otra incógnita: quizá existe otra manera de estar para los demás. Una más sana en la que se traza una línea entre las necesidades de cada uno. Todo se equilibra y la responsabilidad se vuelve más ligera. En el fondo creo que siempre me resultará complicado no asociar intensidad con eficacia. Amor con entrega. Ayuda con sacrificio. Una amistad en la que lo das todo, una relación que consuma toda tu energía. Donde la seguridad procede de saber que el otro está satisfecho.

¿Y yo?

Gana el que se graba esa pregunta a fuego. El que se coloca en el centro. Nunca por encima de nada o nadie. Pero mucho menos por debajo. 




lunes, 11 de abril de 2022

pandemia mundial o crisis existencial

en mi vida está sonando: 




¿Cómo se puede poner palabras a aquello que aún no consigues identificar del todo?

Comenzando por datos objetivos: han pasado dos años, hemos vivido una pandemia que nos obligó a todos a parar un ritmo de vida que, aunque en muchas ocasiones he rechazado, acabé por valorar un poco más hasta echarlo de menos. Sin embargo, en ese marzo de 2020 a ratos habría jurado que aquella vida se detenía para acompañarme, porque el parón ya estaba en mi por aquel entonces. Te das cuenta de que tu motivación durante años termina por no ser lo esperado. Sigues teniendo esa sensación de lo que parece ser atracción por la tristeza (aunque quizá esa afirmación sea demasiado injusta para mi, y es más probable que se trate de un bucle que efectivamente no te gusta, pero es a lo que te has acostumbrado). Por tanto no eres capaz de situarte. No te encuentras a nivel de aspiraciones, tampoco en tus relaciones ni a nivel emocional. Asfixia la sensación de que todo está siendo demasiado igual porque quizá te habías creado demasiadas expectativas. Pero a la vez nada es como antes porque todo cambia, y el tiempo ni perdona ni se detiene. Y eso también ahoga. ¿Qué se debe hacer entonces? ¿Cómo se sale de tanta incertidumbre y oscuridad? Pues sí, parando. Y por desgracia pero, reconozco que suerte para mi, no nos quedaron otros cojones. 

Y así es como acabé dejándolo todo para aprender a estar conmigo misma. Para empezar a reconciliarme con esas cosas que me habían estado haciendo mantenerme en aquella espiral de sufrimiento. Esos temas aún me dan los buenos días casi todas las mañanas, pero con mucha educación y una cantidad de paciencia que aún no sé como logro sacar, les digo que no voy a prestarles atención. Que sé que están ahí. Que a veces debo hablar con ellos para encontrar el sentido a mis emociones, o para recordarme por qué no quiero que vuelvan a protagonizar mi vida. También que sé que es muy probable que me acompañen siempre. Pero que ya no quiero llevarlas de la mano. Ya no quiero que caminen por delante de mi, siendo las guías del trayecto. Ahora yo estoy por encima, intentando que no me condicionen. Y cuando sucede, también trato de no odiarme por ello. Y sólo con eso, respiro. Porque todo el esfuerzo empleado en tratarnos con cariño nunca es en vano. Es más, es el mejor trabajo (y claro, el más difícil) con el que nos encontramos en nuestro transcurso vital. Porque la adversidad está ahí. Las desgracias siguen sucediendo fuera, las complicaciones continúan apareciendo y los días malos también. Así que toca aprender a cuidarse si queremos que esto no nos arrastre. Y lo siento, pero una de las conclusiones a las que he llegado es que no es necesaria ninguna pandemia para que todo se joda. Si no nos tratamos como se debe, con las pequeñas decisiones diarias también se puede construir mucho dolor. No seamos nuestra propia barrera.

Así que hoy saludo a aquella chica que se abrazaba a su tristeza. Le digo que no la culpo, porque la entiendo aunque parezca contradictorio decirlo desde mi posición actual, en la que me niego a seguir escribiéndole a la soledad como si fuese mi única compañía. Desde la reconstrucción de mi vida, mis conductas destructivas y aspiraciones, entre otras muchas cosas, he ido quedándome con muchas cosas que me han hecho crear una colección considerable de lecciones y aprendizajes. No por ello todas mis reflexiones son positivas, ni consigo ser resolutiva con todas mis dificultades. Ojalá. Pero sé que siempre hay otra oportunidad. Que el sol vuelve a salir. Que mola mucho reírse, equivocarse, perder el control, y también saber llevarlo si es lo que necesitas. Me quedo con que, por mucho que me pese y desearía que no fuese así, igual que se han esfumado estos dos años, pasarán otros dos y luego otros muchos. Nunca volveré a ser tan joven como en este instante. Pero seguiré usando esta cruda realidad para no perderme ni una sola experiencia.

Creo que nunca se deja de aprender a quererse y a vivir. Eso también me frustra, probablemente desde el deseo de inmediatez y el miedo a pasarlo mal. Pero no es lo mismo seguir caminando por inercia y a desgana, que con intención.

Jamás seré de esas personas que dicen cosas tipo "hay que agradecer a aquella ostia de la vida que me hiciese más fuerte" porque nadie se merece pasar por ciertas cosas, y mucho menos tener que estar agradecido aún encima. Pero sí que admito que ese pozo que durante tanto tiempo ha sido algo así como un hogar, aquel tocar fondo, me ha obligado a tener que reconstruirme permitiéndome así generar la autoestima por la que hoy lucho cada día. Para seguir aprendiendo a anteponerme y priorizarme, a marcar límites, a no responsabilizarme de decisiones ajenas, a valorarme más allá de la superficialidad que puedo ofrecer a los demás. 

Poco a poco todo va volviendo a la normalidad. Tanto fuera como dentro de mi. Las secuelas son evidentes pero también las ganas de recuperar el tiempo perdido. Y no sé mañana, porque también pongo empeño en aceptar que nada es permanente y por tanto mi ánimo tampoco. Pero hoy tengo muchas ganas de vivir.



también me emociono con:



me vengo arriba si suena:



y bailo cuando escucho:




y soy feliz por todas las canciones que me quedan por descubrir.



martes, 16 de junio de 2020

lo que expresas

Hace poco intenté pensar en lo más bonito que me han dicho... 


Lo primero de lo que pude darme cuenta, es de lo complicado que resulta cuando se es extremadamente insegura y tan exigente con una misma, porque tiendes a recordar primero lo malo y, lo positivo, difícilmente llegas a creerlo.

Pero, sin duda, creo que lo mejor que pueden decirte es que inspiras, que lo que transmites provoca algo bueno en el de enfrente. O no, quizá lo que remueves pueda ser tristeza, melancolía, o miedo. Pero el mayor logro, es simplemente, hacer sentir. Porque en esta sociedad solemos dar prioridad a lo que entra por los ojos -yo misma peco de ello hasta perjudicarme a mi misma a niveles de los que no me siento orgullosa- pero lo más bonito y realmente importante en la vida, es lo que haces y piensas. Y ser capaz de que aquello sobre lo que hablas y reflexionas, o la intención que depositas en tus acciones, logre despertar alguna sensación, por pequeña que sea. Resulte más o menos desagradable. Eso es lo que al fin y al cabo, deja huella en los corazones ajenos y nos conecta con otras almas. 


Porque, ¿cuál es el sentido de estar vivo si no es sentir y compartir con otros lo que llevas dentro?


Así que, para cuando una vez más de tantas me permita pasarlo por alto:

Ser reflexiva y sensible en muchas ocasiones es duro, porque te puede hacer conectar intensamete con las partes más desagradables, pero inevitablemente es lo que me caracteriza y también, lo que hace que todo lo demás sea más especial.





lunes, 16 de diciembre de 2019

jaula

Con los pies apoyados en el techo abuhardillado, cierro los ojos y puedo confirmar que me encuentro en lo cierto. He memorizado ya cada centímetro de estas paredes que ya no sostienen, ni cobijan, o protegen. Sino que parecen estar hechas con el único fin de encerrar. Parecen haber perdido cualquier recuerdo, por pequeño que sea, de un tiempo en las que las deseé con ansia. Mi espacio. Mi trocito de libertad dentro de cuatro muros. Y sin embargo, ahora solo me da la sensación de estar tumbada en una cama colocada estratégicamente en una de las esquinas de una jaula que me mantiene incomunicada con el exterior.

Desde aquí, a veces incluso puedo escuchar risas fugaces de niños que mañana habrán perdido su inocencia, llantos camuflados en el silencio de los ancianos que pasean por el barrio extrañando la compañía de quien durante tantas noches durmió a su lado. Motores de coches. Sirenas de la policía y ambulancias que casi siempre, contra lo que muchos esperarían, me suenan más a esperanza que el atronador vacío que aquí dentro se oye. No aclararé si hablo de estas paredes o de lo que guardo en mi interior. (No porque no quiera, es porque no podría.)

Y con la misma desesperación con la que compruebo como con el paso de los años, estos muros de falso ladrillo y color rosa se han tornado en barrotes de olor a cárcel y aislamiento, sin saber muy bien como he llegado a tal punto, me pregunto si algún día seré capaz de volver a escribir sobre algo que no lleve implícita la palabra

tristeza

domingo, 8 de diciembre de 2019

voy a caer de nuevo

Te entrego todo mi afecto, junto con un billete que te lleve lejos.
Puedo abrirte mi corazón, y regalártelo entero, pero a la misma vez seré yo quien te indique el camino de huida.

Voy a ofrecerte mi hombro ante cada una de tus tormentas, aunque sepa que guardas un mapa con el trayecto de vuelta señalado, y no tenías reparo en usarlo desde que quise secarte la primera lágrima.
Creeré que esta vez puede ser diferente. E incluso las otras en las que ya me espere el golpe antes de recibirlo, me acabará por decepcionar de igual modo. Y dolerá.

Podría jurar no volver a arriesgarme nunca a probar la soledad, a exponerme al abandono. Pero sé que cuando llegues con alguna intención barata disfrazada de amistad, voy a caer de nuevo en la trampa.




Porque este corazón inseguro prefiere el abrazo embustero, a la ausencia de calor.

martes, 26 de febrero de 2019

compañera fiel


Después de tantos años viviendo entre las sombras y conviviendo con la oscuridad, me he dado cuenta de que lo más peligroso de la tristeza no es sólo el dolor, la sensación desoladora que te inunda. Sino que, donde reside realmente el peligro es en el instante en el que tras incontable tiempo acompañándote, hay algo en ti que comienza a enamorarse de ella. 
Llega un momento en el que pasa de ser una carga a una parte más de ti, hasta crear un vínculo sobre el que se podría hablar incluso utilizando palabras como cariño. Dejas de tenerle miedo, porque ya te resulta familiar. Habitual. Compañía.


Ese es el riesgo de la soledad que va de la mano con la tristeza, cuando sientes que no tienes a nadie hasta el sentimiento más aterrador puede acabar siendo tu compañero más fiel.