domingo, 4 de junio de 2023

ser o ser

Últimamente creo en muy pocas cosas.

Me da vértigo la esencia cambiante que tiene cada rincón de esta realidad que supone estar vivo. La unidireccionalidad a la que, irremediablemente, estamos condenados a pesar de haber crecido empleando términos como "pasado", "recuperar", "revivir", "recordar", "volver"...

Nunca se vuelve.

A veces tengo miedo del retorno, pero mucho más me aterra saber en el fondo que esa capacidad es imposible poseerla. Hay noches que una empapa la almohada ahogada en el llanto de esa niña asustada que de vez en cuando se vuelve a asomar para hacer que te preguntes si es que nunca se irá del todo. Si la oscuridad nunca se esfuma por completo. Si quizá si que te habías despedido hace tiempo de aquella versión pero resulta que últimamente los pasos han girado en dirección a su reencuentro. Pero acabas por llorar aún más porque realmente no hay opción de retroceso cuando el tiempo sencillamente, sigue avanzando.

Creo que simplemente el dolor cambia de forma. La tristeza tiene complejo de montaña rusa, y las dificultades nunca dejan de acechar, sólo que en ocasiones dejan más espacio compartido con la luz que en otras en las que quieren acapararlo todo.

¿Seré entonces siempre un cuerpo inundado por la angustia? No. Es tan erróneo como creer que sigue existiendo en mi interior cualquier otro matiz de un tiempo anterior. Ya no soy una niña atemorizada, porque no puedo serlo. Como no puedo ser la niña llena de vitalidad y sin complejos que un día fui ni aunque quisiera. 

He estado en una continua huida. Participando en una carrera donde creía que el premio era llegar antes a la meta. Pero sólo estaba corriendo en automático llevando en mis bolsillos una inscripción que nunca llegué a firmar. Y aquí seguimos, avanzando. A pesar de que me gustaría dejar de ir hacia delante. Parar. Descansar. Arrodillarme si es necesario para rogarle al tiempo una prórroga. Darle tregua a estas pobres piernas agotadas de no ir hacia ningún lugar. Que sólo andan por inercia aunque no haya sido capaz de verlo hasta ahora.

Es por eso que estoy dejando de creer en tantas cosas siendo conocedora de que nada tiene garantía.

He vivido con la actitud de quien tiene garantizadas todas las oportunidades que quiera. Con la sensación de que podría comerme el mundo, volar alto. Y puede que en algunos casos llegue a lograrse, pero siempre, siempre, siempre, al final espera una caída. Una última oportunidad. Las opciones de agotan. 

La certeza es una ilusión. La planificación, una falsa sensación de control en lo impredecible del contexto vital.

Y la confianza... un recurso que en mi interior se exhibe como inagotable. Pero que cuando decide tambalearse, la duda genera el mismo caos que un seísmo de nivel no se cuanto. Sin embargo, aunque a veces parezca ponerlo todo patas arriba, aunque a veces penda de un hilo, rezo con los ojos cerrados para que nunca me abandone. Porque de todas las sensaciones, pensamientos y emociones que habitan en mi, es la única que puede salvarme de esa incertidumbre que resulta la vida. De ese terror a los finales, a la falsa palabra, a lo efímero de la euforia y el calor, a la despedida del tacto y la saliva, a las realidades que nunca viviré. Confiar posee la mayor utilidad, porque es pensar en que de algún modo, por complicado que parezca, por desesperanzadora que sea la situación presente, todo se acabará colocando. Puede que no bien. O quizá sí. Pero se hallará un nuevo espacio que ocupar. Por ello ante el sentimiento de asfixia es mejor agarrarse a la posibilidad de encontrar una promesa que no se queda en la frase que mejor suena como si el contenido careciese de valor o repercusión. De encontrar un poco de paz en la propia compañía que algunos días llega a pesar tanto que te empuja a creer que es la única que conocerás realmente. De visualizar una tregua para las cosas feas que acaban apareciendo en algún momento, vaya.

Ojalá pudiese saber si a esta capacidad se le agotarán las existencias para estar preparada. Pero no lo sé. 

Hoy no saco conclusiones. Sólo grita en mi el deseo de que la esperanza siempre esté por encima de los miedos, la valentía sobre lo difuso del futuro. Así que alejándome de lecciones de moral, de aprendizajes trascendentales, ahora simplemente soy una chica de 22 años que ha vivido tanto que no quiere que acabe nunca. Que quiere seguir sintiendo todo lo que este universo le puede ofrecer porque es consciente de que aún queda demasiado que experimentar pero a la vez lo rechaza porque eso significa seguir recorriendo una línea que no da acceso a un punto de retorno, o al menos una pequeña pausa. Ni tampoco un antídoto para el sufrimiento que lo bueno suele traer de la mano. 

Así que ya que todo sigue girando, que del dolor no se puede escapar, por favor, que venga a mi el amor de verdad. Que venga la amistad que te hace abrirte en canal y reír como si no existiese otra posibilidad. Que entre en mi la emoción en su forma más plena. Quiero conocer, quiero ampliar, respirar profundamente y seguir, quiero subir escalones que continúen demostrándome que soy capaz. 

Pero ante todo quiero dejar que el miedo a no vivir esto termine, por paradójico que sea, impidiéndome ir a buscarlo.

Mi lucha contra la levedad del ser quizá sea precisamente dejarme ser.

lunes, 2 de enero de 2023

sobre echar de menos el presente



Cuando hablamos de nostalgia pensamos en ese sentimiento 

de melancolía por algún evento pasado. 

Sin embargo, hay ocasiones en las que echamos de menos 

justo el momento que estamos viviendo

Incluso experimentamos esa sensación por algo que aún no ha ocurrido.

 El nombre que recibe es 

nostalgia anticipatoria.





Ya lo dicen todos los clichés: la vida es un viaje maravilloso en el cual no hay posibilidad vuelta. Yo he tenido la -a medias- suerte de haber pasado una decena de años sin haber comprado billete de ida. Ignorando por tanto esa realidad. Cuando viajas en automático no te da tiempo a disfrutar del camino. Así que el momento en el que por fin miras por la ventanilla es algo indescriptible e inexplicable, porque nace en tu interior la sinergia entre los más potentes y distintos sentimientos, la euforia del que por primera vez abre los ojos y comprueba que se está moviendo, y que el paisaje a su alrededor es mejor de lo que podría haber imaginado. Pero casi al instante aparece de la mano la frustración de que cada segundo que transcurre está dejando atrás todos esos instantes. Felicidad y tristeza. La tristeza en la felicidad. La magia en lo injustamente efímero. La rabia del que prueba el caramelo sabiendo que no durará para siempre. La impotencia de comprender que hemos venido a este mundo a experimentar cosas que inmediatamente debemos, estemos o no de acuerdo, acabar soltando. Por eso la clave para ser feliz no sólo la dicen los psicólogos, los libros de autoayuda, los foros de autoestima o los consejos de terraza de bar una tarde cualquiera. A quien vive envuelto por esa pena que acompaña a la emoción del momento agradable, no hace falta decirle que su mayor aprendizaje es abrirle los brazos a cada uno de esos segundos y dejarse sentir. Porque cada una de las veces en que acaba ganando ese desaliento nostálgico que llega antes de tiempo, ya siente que no ha vivido plenamente cuando al fin y al cabo, ese es su mayor deseo y su búsqueda incansable. 

La mente es muy hija de puta. La nostalgia, en teoría, un mecanismo de sabor agrio pero que se inicia como recordatorio de lo bonito y activador de gratitud por los momentos pasados. Por eso convivir con ella cuando la vida aún está sucediendo es tan gris como asistir a un funeral por adelantado. Como llorar la pérdida de un ser querido a quien tienes sentado frente a ti, y lo peor, se está riendo y sientes todo su cariño. Es como ser presa de la dualidad de lo positivo, vivir puede llegar a ser tan increíblemente intenso que duele saber que un día expira. Escuece caminar cada día entre la rutina teniendo que obviar que todo posee fecha de caducidad. El transcurso vital en sí, son etapas. Las personas son etapas. Lo desagradable, enhorabuena, va a pasar. Lo que te hace vibrar por dentro, por más que joda, pasará también. 

Es por eso que hay que ir aprendiendo a quedarse con lo que nos aporta cada fase y cada individuo que se cruza en el camino para encontrar así un sentido a esa pérdida. Eso es cierto, y también queda genial en un artículo sobre la búsqueda de la felicidad. Pero al final del día la mente continúa siendo muy hija de puta y el corazón se encoge ante la incapacidad de solucionar o por lo menos modificar algo para no ahogarse en la melancolía. "Las emociones tienen su función, simplemente hay que sentirlas". Yo vivo en una pelea constante entre lo que sucede, lo que me hace sentir y el rechazo a sentirlo.

Hace ya meses que me esfuerzo en dar la espalda al pesimismo, y para que no se quede en una simple frase continuo por negarme a cerrar algo con tono desalentador. Es preferible pensar en que todos esos instantes que vivo aterrada de olvidar, de no volver a repetir, de ver como se alejan ante mi, la alegría que temo que me abandone para no regresar, son el prólogo de otros ratitos que están por llegar. ¿Puede que también los atraviese con la nostalgia anticipada a cuestas? Es probable. Pero sería mucho peor no vivirlo. Y aún quedan muchos atardeceres por observar como si fuese el primero, muchas vueltas a casa una madrugada de verano, muchas cervezas en el New York o chupitos en el casco. Faltan muchos lugares por conocer y otros por repetir si es por hacerse compañía. Quedan canciones por descubrir, fotografías que tomar y proyectos de los que sentirse orgullosa. Quedan abrazos por recibir, besos que atreverse a dar. Facetas propias que encontrar, viejos lastres que ir dejando atrás. También tardes desesperantes de biblioteca pero que terminan con charlas intensas. Personas a quien dar la bienvenida durante el rato que sea. Palabras que leer y que decir. Conexiones reales que crear, con conversaciones de las que acercan o quizá terminen alejando en beneficio. De igual manera que están por venir numerosas despedidas, lágrimas que derramar y otras que ni si quiera saldrán. Decepciones, síndrome del impostor, ansiedad social, auto desprecio, miedo al fracaso y más aún al futuro. Luchas internas con el estar a solas y sentirse solo. Vendrá mucha mierda pero en el fondo ya no me asusta tanto, porque de igual manera que la angustia de saber que echarás de menos el presente es algo así como lo triste de ser feliz, aquello que lo genera es como la voz que te recuerda que si no sintieras eso que duele, realmente no estarías viviendo.

lunes, 19 de septiembre de 2022

ganar perdiendo

 "Creo que la gente más triste siempre intenta todo lo posible 

por hacer felices a los demás porque saben como es

sentirse totalmente infravalorado y no quieren

que nadie más se sienta así."

-Robin Williams



Los daños colaterales de ser quien eres. De volver a serlo o de convertirte al fin en esa persona. Así podría titular a este capítulo vital en el que estoy embarcada, y el cual desprende el sabor más agridulce que he probado hasta el momento. El prólogo hablaría de algo así como que ojalá te contasen que, en el proceso de sanar, vas a ganar muchas cosas para las cuales hay que ir soltando otras. Por supuesto gran parte de ellas son esos lastres que te hacían estar atado a la oscuridad, son también malos hábitos, el escozor de momentos pasados que ya son solo eso, recuerdos. Trozos de ti en los que ya no te reconoces. Palabras que ya no te identifican. Lo que duele va quedando atrás y finalmente se empieza a sentir como algo ajeno. Pero nadie habla de que en realidad, seguir adelante implica una doble pérdida. Hay partes en el avanzar que además de sumar, terminan restando como efecto secundario. Cada vez que aprendes a poner límites, es posible que quienes te conocían sin ellos dejen de estar tan cómodos a tu lado. Al fin y al cabo a todos nos gusta una persona complaciente y sumisa, ¿no?. Cada vez que alzas la voz para recordar que tienes una opinión, cuando dejas de aceptar lo que no te gusta, cuando actúas un poco más en tu propio beneficio que en la búsqueda del orden exterior. Todo por dentro parece colocarse un poco más, pero tu alrededor se desordena. De alguna manera cuanto más te conoces tu, menos te reconoce el resto. Tras tanto tiempo funcionando de la misma manera, es lógico que todo se revuelva un poco. 

El cambio es incómodo para todos, en realidad. Antes de notar los beneficios de empezar a imponerte como el centro de tu propia vida, hay que aferrarse mucho a la confianza ciega que parece no llegar entre tanto miedo, incertidumbre, angustia, a veces vergüenza e incluso rabia. Pero llega, y entonces comienza la segunda fase en la que el reto es no dar un paso atrás. (Porque con el primero siempre llega el segundo y todos los siguientes...) Es el punto clave en el que ya vas aceptando que se puede ser de otra manera, pero tu entorno probablemente sienta cierto rechazo o quizá deba tomar algo de distancia hasta aprender a enfrentar esta nueva versión. Mucha gente también se esfuerza por recibirlo con los brazos abiertos, pero incluso con voluntad de aceptación de por medio, hay una parte práctica por la que hay que pasar para aprender a tolerarlo. Cuando los planes se trastocan porque ya no quieres ceder por evitar discutir. Cuando las conversaciones no acaban con un "sí, es verdad" pienses lo que pienses. Siempre han existido contradicciones entre lo que pensamos y queremos que suceda, y lo que se siente en realidad más allá de la razón. Por eso la prueba real es mantenerse firme aún encontrándote de frente como la impresión de que desde fuera no hay una bienvenida.

Salir de la tristeza también implica dejar de ser ese salvavidas que se mueve desde la experiencia. Acabas por abandonar el deseo de que nadie sienta lo mismo que tu estás atravesando, porque están naciendo nuevas aspiraciones y debes dedicar más atención a tu interior. Es entonces cuando te planteas, ¿soy egoísta ahora que ya no intento hacer felices a los demás? Y aparece la temida culpabilidad, susurrándote cuando tienes la guardia bajada todas las posibilidades de rechazo que mantenerte firme en tus ideas también conlleva. ¿Soledad otra vez?. Entre la seguridad que construyes te deslumbran multitud de fogonazos que tratan de empujarte a volver a lo conocido. Una mierda que te ata de pies y manos pero que, al fin y al cabo, se siente más seguro. El eterno dilema entre ser como eres a pesar de la posibilidad de no ser aceptado, o agachar la cabeza y cerrar la boca para mendigar esa inclusión. 

Pero se abre otra incógnita: quizá existe otra manera de estar para los demás. Una más sana en la que se traza una línea entre las necesidades de cada uno. Todo se equilibra y la responsabilidad se vuelve más ligera. En el fondo creo que siempre me resultará complicado no asociar intensidad con eficacia. Amor con entrega. Ayuda con sacrificio. Una amistad en la que lo das todo, una relación que consuma toda tu energía. Donde la seguridad procede de saber que el otro está satisfecho.

¿Y yo?

Gana el que se graba esa pregunta a fuego. El que se coloca en el centro. Nunca por encima de nada o nadie. Pero mucho menos por debajo. 




lunes, 11 de abril de 2022

pandemia mundial o crisis existencial

en mi vida está sonando: 




¿Cómo se puede poner palabras a aquello que aún no consigues identificar del todo?

Comenzando por datos objetivos: han pasado dos años, hemos vivido una pandemia que nos obligó a todos a parar un ritmo de vida que, aunque en muchas ocasiones he rechazado, acabé por valorar un poco más hasta echarlo de menos. Sin embargo, en ese marzo de 2020 a ratos habría jurado que aquella vida se detenía para acompañarme, porque el parón ya estaba en mi por aquel entonces. Te das cuenta de que tu motivación durante años termina por no ser lo esperado. Sigues teniendo esa sensación de lo que parece ser atracción por la tristeza (aunque quizá esa afirmación sea demasiado injusta para mi, y es más probable que se trate de un bucle que efectivamente no te gusta, pero es a lo que te has acostumbrado). Por tanto no eres capaz de situarte. No te encuentras a nivel de aspiraciones, tampoco en tus relaciones ni a nivel emocional. Asfixia la sensación de que todo está siendo demasiado igual porque quizá te habías creado demasiadas expectativas. Pero a la vez nada es como antes porque todo cambia, y el tiempo ni perdona ni se detiene. Y eso también ahoga. ¿Qué se debe hacer entonces? ¿Cómo se sale de tanta incertidumbre y oscuridad? Pues sí, parando. Y por desgracia pero, reconozco que suerte para mi, no nos quedaron otros cojones. 

Y así es como acabé dejándolo todo para aprender a estar conmigo misma. Para empezar a reconciliarme con esas cosas que me habían estado haciendo mantenerme en aquella espiral de sufrimiento. Esos temas aún me dan los buenos días casi todas las mañanas, pero con mucha educación y una cantidad de paciencia que aún no sé como logro sacar, les digo que no voy a prestarles atención. Que sé que están ahí. Que a veces debo hablar con ellos para encontrar el sentido a mis emociones, o para recordarme por qué no quiero que vuelvan a protagonizar mi vida. También que sé que es muy probable que me acompañen siempre. Pero que ya no quiero llevarlas de la mano. Ya no quiero que caminen por delante de mi, siendo las guías del trayecto. Ahora yo estoy por encima, intentando que no me condicionen. Y cuando sucede, también trato de no odiarme por ello. Y sólo con eso, respiro. Porque todo el esfuerzo empleado en tratarnos con cariño nunca es en vano. Es más, es el mejor trabajo (y claro, el más difícil) con el que nos encontramos en nuestro transcurso vital. Porque la adversidad está ahí. Las desgracias siguen sucediendo fuera, las complicaciones continúan apareciendo y los días malos también. Así que toca aprender a cuidarse si queremos que esto no nos arrastre. Y lo siento, pero una de las conclusiones a las que he llegado es que no es necesaria ninguna pandemia para que todo se joda. Si no nos tratamos como se debe, con las pequeñas decisiones diarias también se puede construir mucho dolor. No seamos nuestra propia barrera.

Así que hoy saludo a aquella chica que se abrazaba a su tristeza. Le digo que no la culpo, porque la entiendo aunque parezca contradictorio decirlo desde mi posición actual, en la que me niego a seguir escribiéndole a la soledad como si fuese mi única compañía. Desde la reconstrucción de mi vida, mis conductas destructivas y aspiraciones, entre otras muchas cosas, he ido quedándome con muchas cosas que me han hecho crear una colección considerable de lecciones y aprendizajes. No por ello todas mis reflexiones son positivas, ni consigo ser resolutiva con todas mis dificultades. Ojalá. Pero sé que siempre hay otra oportunidad. Que el sol vuelve a salir. Que mola mucho reírse, equivocarse, perder el control, y también saber llevarlo si es lo que necesitas. Me quedo con que, por mucho que me pese y desearía que no fuese así, igual que se han esfumado estos dos años, pasarán otros dos y luego otros muchos. Nunca volveré a ser tan joven como en este instante. Pero seguiré usando esta cruda realidad para no perderme ni una sola experiencia.

Creo que nunca se deja de aprender a quererse y a vivir. Eso también me frustra, probablemente desde el deseo de inmediatez y el miedo a pasarlo mal. Pero no es lo mismo seguir caminando por inercia y a desgana, que con intención.

Jamás seré de esas personas que dicen cosas tipo "hay que agradecer a aquella ostia de la vida que me hiciese más fuerte" porque nadie se merece pasar por ciertas cosas, y mucho menos tener que estar agradecido aún encima. Pero sí que admito que ese pozo que durante tanto tiempo ha sido algo así como un hogar, aquel tocar fondo, me ha obligado a tener que reconstruirme permitiéndome así generar la autoestima por la que hoy lucho cada día. Para seguir aprendiendo a anteponerme y priorizarme, a marcar límites, a no responsabilizarme de decisiones ajenas, a valorarme más allá de la superficialidad que puedo ofrecer a los demás. 

Poco a poco todo va volviendo a la normalidad. Tanto fuera como dentro de mi. Las secuelas son evidentes pero también las ganas de recuperar el tiempo perdido. Y no sé mañana, porque también pongo empeño en aceptar que nada es permanente y por tanto mi ánimo tampoco. Pero hoy tengo muchas ganas de vivir.



también me emociono con:



me vengo arriba si suena:



y bailo cuando escucho:




y soy feliz por todas las canciones que me quedan por descubrir.



martes, 16 de junio de 2020

lo que expresas

Hace poco intenté pensar en lo más bonito que me han dicho... 


Lo primero de lo que pude darme cuenta, es de lo complicado que resulta cuando se es extremadamente insegura y tan exigente con una misma, porque tiendes a recordar primero lo malo y, lo positivo, difícilmente llegas a creerlo.

Pero, sin duda, creo que lo mejor que pueden decirte es que inspiras, que lo que transmites provoca algo bueno en el de enfrente. O no, quizá lo que remueves pueda ser tristeza, melancolía, o miedo. Pero el mayor logro, es simplemente, hacer sentir. Porque en esta sociedad solemos dar prioridad a lo que entra por los ojos -yo misma peco de ello hasta perjudicarme a mi misma a niveles de los que no me siento orgullosa- pero lo más bonito y realmente importante en la vida, es lo que haces y piensas. Y ser capaz de que aquello sobre lo que hablas y reflexionas, o la intención que depositas en tus acciones, logre despertar alguna sensación, por pequeña que sea. Resulte más o menos desagradable. Eso es lo que al fin y al cabo, deja huella en los corazones ajenos y nos conecta con otras almas. 


Porque, ¿cuál es el sentido de estar vivo si no es sentir y compartir con otros lo que llevas dentro?


Así que, para cuando una vez más de tantas me permita pasarlo por alto:

Ser reflexiva y sensible en muchas ocasiones es duro, porque te puede hacer conectar intensamete con las partes más desagradables, pero inevitablemente es lo que me caracteriza y también, lo que hace que todo lo demás sea más especial.





lunes, 16 de diciembre de 2019

jaula

Con los pies apoyados en el techo abuhardillado, cierro los ojos y puedo confirmar que me encuentro en lo cierto. He memorizado ya cada centímetro de estas paredes que ya no sostienen, ni cobijan, o protegen. Sino que parecen estar hechas con el único fin de encerrar. Parecen haber perdido cualquier recuerdo, por pequeño que sea, de un tiempo en las que las deseé con ansia. Mi espacio. Mi trocito de libertad dentro de cuatro muros. Y sin embargo, ahora solo me da la sensación de estar tumbada en una cama colocada estratégicamente en una de las esquinas de una jaula que me mantiene incomunicada con el exterior.

Desde aquí, a veces incluso puedo escuchar risas fugaces de niños que mañana habrán perdido su inocencia, llantos camuflados en el silencio de los ancianos que pasean por el barrio extrañando la compañía de quien durante tantas noches durmió a su lado. Motores de coches. Sirenas de la policía y ambulancias que casi siempre, contra lo que muchos esperarían, me suenan más a esperanza que el atronador vacío que aquí dentro se oye. No aclararé si hablo de estas paredes o de lo que guardo en mi interior. (No porque no quiera, es porque no podría.)

Y con la misma desesperación con la que compruebo como con el paso de los años, estos muros de falso ladrillo y color rosa se han tornado en barrotes de olor a cárcel y aislamiento, sin saber muy bien como he llegado a tal punto, me pregunto si algún día seré capaz de volver a escribir sobre algo que no lleve implícita la palabra

tristeza