lunes, 11 de abril de 2022

pandemia mundial o crisis existencial

en mi vida está sonando: 




¿Cómo se puede poner palabras a aquello que aún no consigues identificar del todo?

Comenzando por datos objetivos: han pasado dos años, hemos vivido una pandemia que nos obligó a todos a parar un ritmo de vida que, aunque en muchas ocasiones he rechazado, acabé por valorar un poco más hasta echarlo de menos. Sin embargo, en ese marzo de 2020 a ratos habría jurado que aquella vida se detenía para acompañarme, porque el parón ya estaba en mi por aquel entonces. Te das cuenta de que tu motivación durante años termina por no ser lo esperado. Sigues teniendo esa sensación de lo que parece ser atracción por la tristeza (aunque quizá esa afirmación sea demasiado injusta para mi, y es más probable que se trate de un bucle que efectivamente no te gusta, pero es a lo que te has acostumbrado). Por tanto no eres capaz de situarte. No te encuentras a nivel de aspiraciones, tampoco en tus relaciones ni a nivel emocional. Asfixia la sensación de que todo está siendo demasiado igual porque quizá te habías creado demasiadas expectativas. Pero a la vez nada es como antes porque todo cambia, y el tiempo ni perdona ni se detiene. Y eso también ahoga. ¿Qué se debe hacer entonces? ¿Cómo se sale de tanta incertidumbre y oscuridad? Pues sí, parando. Y por desgracia pero, reconozco que suerte para mi, no nos quedaron otros cojones. 

Y así es como acabé dejándolo todo para aprender a estar conmigo misma. Para empezar a reconciliarme con esas cosas que me habían estado haciendo mantenerme en aquella espiral de sufrimiento. Esos temas aún me dan los buenos días casi todas las mañanas, pero con mucha educación y una cantidad de paciencia que aún no sé como logro sacar, les digo que no voy a prestarles atención. Que sé que están ahí. Que a veces debo hablar con ellos para encontrar el sentido a mis emociones, o para recordarme por qué no quiero que vuelvan a protagonizar mi vida. También que sé que es muy probable que me acompañen siempre. Pero que ya no quiero llevarlas de la mano. Ya no quiero que caminen por delante de mi, siendo las guías del trayecto. Ahora yo estoy por encima, intentando que no me condicionen. Y cuando sucede, también trato de no odiarme por ello. Y sólo con eso, respiro. Porque todo el esfuerzo empleado en tratarnos con cariño nunca es en vano. Es más, es el mejor trabajo (y claro, el más difícil) con el que nos encontramos en nuestro transcurso vital. Porque la adversidad está ahí. Las desgracias siguen sucediendo fuera, las complicaciones continúan apareciendo y los días malos también. Así que toca aprender a cuidarse si queremos que esto no nos arrastre. Y lo siento, pero una de las conclusiones a las que he llegado es que no es necesaria ninguna pandemia para que todo se joda. Si no nos tratamos como se debe, con las pequeñas decisiones diarias también se puede construir mucho dolor. No seamos nuestra propia barrera.

Así que hoy saludo a aquella chica que se abrazaba a su tristeza. Le digo que no la culpo, porque la entiendo aunque parezca contradictorio decirlo desde mi posición actual, en la que me niego a seguir escribiéndole a la soledad como si fuese mi única compañía. Desde la reconstrucción de mi vida, mis conductas destructivas y aspiraciones, entre otras muchas cosas, he ido quedándome con muchas cosas que me han hecho crear una colección considerable de lecciones y aprendizajes. No por ello todas mis reflexiones son positivas, ni consigo ser resolutiva con todas mis dificultades. Ojalá. Pero sé que siempre hay otra oportunidad. Que el sol vuelve a salir. Que mola mucho reírse, equivocarse, perder el control, y también saber llevarlo si es lo que necesitas. Me quedo con que, por mucho que me pese y desearía que no fuese así, igual que se han esfumado estos dos años, pasarán otros dos y luego otros muchos. Nunca volveré a ser tan joven como en este instante. Pero seguiré usando esta cruda realidad para no perderme ni una sola experiencia.

Creo que nunca se deja de aprender a quererse y a vivir. Eso también me frustra, probablemente desde el deseo de inmediatez y el miedo a pasarlo mal. Pero no es lo mismo seguir caminando por inercia y a desgana, que con intención.

Jamás seré de esas personas que dicen cosas tipo "hay que agradecer a aquella ostia de la vida que me hiciese más fuerte" porque nadie se merece pasar por ciertas cosas, y mucho menos tener que estar agradecido aún encima. Pero sí que admito que ese pozo que durante tanto tiempo ha sido algo así como un hogar, aquel tocar fondo, me ha obligado a tener que reconstruirme permitiéndome así generar la autoestima por la que hoy lucho cada día. Para seguir aprendiendo a anteponerme y priorizarme, a marcar límites, a no responsabilizarme de decisiones ajenas, a valorarme más allá de la superficialidad que puedo ofrecer a los demás. 

Poco a poco todo va volviendo a la normalidad. Tanto fuera como dentro de mi. Las secuelas son evidentes pero también las ganas de recuperar el tiempo perdido. Y no sé mañana, porque también pongo empeño en aceptar que nada es permanente y por tanto mi ánimo tampoco. Pero hoy tengo muchas ganas de vivir.



también me emociono con:



me vengo arriba si suena:



y bailo cuando escucho:




y soy feliz por todas las canciones que me quedan por descubrir.



martes, 16 de junio de 2020

lo que expresas

Hace poco intenté pensar en lo más bonito que me han dicho... 


Lo primero de lo que pude darme cuenta, es de lo complicado que resulta cuando se es extremadamente insegura y tan exigente con una misma, porque tiendes a recordar primero lo malo y, lo positivo, difícilmente llegas a creerlo.

Pero, sin duda, creo que lo mejor que pueden decirte es que inspiras, que lo que transmites provoca algo bueno en el de enfrente. O no, quizá lo que remueves pueda ser tristeza, melancolía, o miedo. Pero el mayor logro, es simplemente, hacer sentir. Porque en esta sociedad solemos dar prioridad a lo que entra por los ojos -yo misma peco de ello hasta perjudicarme a mi misma a niveles de los que no me siento orgullosa- pero lo más bonito y realmente importante en la vida, es lo que haces y piensas. Y ser capaz de que aquello sobre lo que hablas y reflexionas, o la intención que depositas en tus acciones, logre despertar alguna sensación, por pequeña que sea. Resulte más o menos desagradable. Eso es lo que al fin y al cabo, deja huella en los corazones ajenos y nos conecta con otras almas. 


Porque, ¿cuál es el sentido de estar vivo si no es sentir y compartir con otros lo que llevas dentro?


Así que, para cuando una vez más de tantas me permita pasarlo por alto:

Ser reflexiva y sensible en muchas ocasiones es duro, porque te puede hacer conectar intensamete con las partes más desagradables, pero inevitablemente es lo que me caracteriza y también, lo que hace que todo lo demás sea más especial.





lunes, 16 de diciembre de 2019

jaula

Con los pies apoyados en el techo abuhardillado, cierro los ojos y puedo confirmar que me encuentro en lo cierto. He memorizado ya cada centímetro de estas paredes que ya no sostienen, ni cobijan, o protegen. Sino que parecen estar hechas con el único fin de encerrar. Parecen haber perdido cualquier recuerdo, por pequeño que sea, de un tiempo en las que las deseé con ansia. Mi espacio. Mi trocito de libertad dentro de cuatro muros. Y sin embargo, ahora solo me da la sensación de estar tumbada en una cama colocada estratégicamente en una de las esquinas de una jaula que me mantiene incomunicada con el exterior.

Desde aquí, a veces incluso puedo escuchar risas fugaces de niños que mañana habrán perdido su inocencia, llantos camuflados en el silencio de los ancianos que pasean por el barrio extrañando la compañía de quien durante tantas noches durmió a su lado. Motores de coches. Sirenas de la policía y ambulancias que casi siempre, contra lo que muchos esperarían, me suenan más a esperanza que el atronador vacío que aquí dentro se oye. No aclararé si hablo de estas paredes o de lo que guardo en mi interior. (No porque no quiera, es porque no podría.)

Y con la misma desesperación con la que compruebo como con el paso de los años, estos muros de falso ladrillo y color rosa se han tornado en barrotes de olor a cárcel y aislamiento, sin saber muy bien como he llegado a tal punto, me pregunto si algún día seré capaz de volver a escribir sobre algo que no lleve implícita la palabra

tristeza

domingo, 8 de diciembre de 2019

voy a caer de nuevo

Te entrego todo mi afecto, junto con un billete que te lleve lejos.
Puedo abrirte mi corazón, y regalártelo entero, pero a la misma vez seré yo quien te indique el camino de huida.

Voy a ofrecerte mi hombro ante cada una de tus tormentas, aunque sepa que guardas un mapa con el trayecto de vuelta señalado, y no tenías reparo en usarlo desde que quise secarte la primera lágrima.
Creeré que esta vez puede ser diferente. E incluso las otras en las que ya me espere el golpe antes de recibirlo, me acabará por decepcionar de igual modo. Y dolerá.

Podría jurar no volver a arriesgarme nunca a probar la soledad, a exponerme al abandono. Pero sé que cuando llegues con alguna intención barata disfrazada de amistad, voy a caer de nuevo en la trampa.




Porque este corazón inseguro prefiere el abrazo embustero, a la ausencia de calor.

martes, 26 de febrero de 2019

compañera fiel


Después de tantos años viviendo entre las sombras y conviviendo con la oscuridad, me he dado cuenta de que lo más peligroso de la tristeza no es sólo el dolor, la sensación desoladora que te inunda. Sino que, donde reside realmente el peligro es en el instante en el que tras incontable tiempo acompañándote, hay algo en ti que comienza a enamorarse de ella. 
Llega un momento en el que pasa de ser una carga a una parte más de ti, hasta crear un vínculo sobre el que se podría hablar incluso utilizando palabras como cariño. Dejas de tenerle miedo, porque ya te resulta familiar. Habitual. Compañía.


Ese es el riesgo de la soledad que va de la mano con la tristeza, cuando sientes que no tienes a nadie hasta el sentimiento más aterrador puede acabar siendo tu compañero más fiel.


jueves, 31 de enero de 2019

un día, de repente

Cinco meses han pasado ya desde que tomé mi primera cerveza legal horas después de que la tinta inundase mi piel para quedarse, también por vez primera.


Un día estás contando los segundos que te quedan para disfrutar de los últimos restos de tu niñez, y al siguiente aparecen por sorpresa reunidas todas las caras que se te vienen a la mente si piensas en quien quieres que este presente al cumplir años.

Y otro día, de repente, tu espalda descansa apoyada en la pared del Starbucks de Callao donde tantas veces Blue Jeans estuvo sentado escribiendo los primeros libros que una joven e inocente versión de ti vivió con tanta intensidad, como si de la misma protagonista se tratase.
Pero entonces levantas la vista. El cielo ya apenas es claro, y las luces de los cientos de edificios y vehículos que se encuentran en torno a la Gran Vía brillan casi tanto como tus ojos. Justo ahí, delante de ti, tan inmenso como inspirador, se ilumina un cartel del cine que tantas veces habías contemplado en fotos o con suerte, al pasar rápidamente por al lado un par de ocasiones en tu vida. Pero ahora se encuentra a escasos metros, y tienes todo el tiempo del mundo para admirarlo.

 Es entonces cuando te das cuenta de que lo has conseguido.

Recuerdas que estar ahí es mucho más que una casualidad. Que lo que hoy es una realidad, ayer fue un sueño por el que derramaste sangre, sudor y demasiadas lágrimas. Pasa por tu cabeza una escena tras otra de todas las veces en las que pensabas que no lo conseguirías, pero jamás dejaste de luchar por ello. Y maldices entonces todas las veces en que no lo valoras, o pasas por alto que estas viviendo justo aquello que tantas veces habías imaginado. Juras que jamás volverás a olvidar que te has esforzado demasiado como para ignorarlo por la oscuridad que llevas dentro y a veces consigues salir. Tu eres más que eso. Y te encuentras parada en ese lugar, en ese instante, porque solo tu has trabajado para lograrlo.

El cine de Callao continua frente a ti, la gente se cruza ante tu mirada como si tuviera prisa, a pesar de que estas segura de que la mayoría sólo están corriendo por inercia pura, la noche ya está cerrada pero las calles no, la gente de Madrid no quiere abandonarlas todavía. Y justo por eso, ese momento parece eterno.


Alguien llega. 
Estás en la ciudad de tus sueños, estudiando lo que deseabas y ahora vas a poder vivir ese sueño, aunque solo sea durante un rato, con la otra persona responsable de que te encuentres camuflada entre el ruido y las prisas de la capital.


-Hola, cariño. ¡Si pareces madrileña y todo!
-Hola mamá, ¿qué tal el viaje?